Argentina vuelve a perder una final, y Messi se plantea dejar la albiceleste (0-0)

Argentina: Romero, Mercado, Otamendi, Mori, Rojo, Lucas Biglia, Mascherano, Banega, Messi, Higuaín, Di María.

Chile: Bravo, Beausejour, Jara, Medel, Isla, Aránguiz, Díaz, Vidal, Alexis, Vargas, Fuenzalida.

La verdad es que se hace difícil, viendo la plantilla de Argentina, pensar que no han sido capaces de levantar ningún título desde 1993. Y más, teniendo en cuenta a que tienen al que es considerado por muchos como el mejor jugador de la historia, Leo Messi. El rosarino ha perdido ya cuatro finales con su selección, tres de ellas en los últimos dos años. La historia se repitió, Chile volvió a ganar una final a Argentina en los penaltis, y Messi admitió que ahora mismo no se ve con fuerzas de volver a defender la camiseta albiceleste.

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En lo referente al partido, Argentina se encontró con lo que esperaba desde el comienzo. Con un 1-4-3-3, dando libertad a Messi, Higuaín partía desde la posición de delantero centro para buscar la espalda de los centrales, y que Leo y Ángel Di María eligieran si arrancar hacia dentro o buscar el desmarque en banda. En fase defensiva, lejos de cerrarse atrás, intentó pagar con su misma moneda al equipo chileno. Con presión alta, agobiando a los centrales para evitar la salida cómoda de balón, Argentina puso en aprietos a la campeona americana. Chile, por su parte, también enseñaba un 1-4-3-3 algo desdibujado, pero no por descoordinación o por descuido. El sistema de presión chileno es una especie de desorden ordenado, una tormenta perfecta en la que a veces cuesta apreciar un dibujo claro pero que es capaz de agobiar a cualquier jugador del mundo, por muy Leo Messi que sea. Arriba, además, se mueven con una velocidad endiablada y una verticalidad que pone en jaque a las defensas más férreas. Aránguiz empezó perdido pero luego cumplió a la perfección, y Vidal fue creciendo con cada minuto de juego hasta ser una pesadilla para los rivales. Con el crecimiento de estos dos jugadores, acompañados por Díaz, fue cambiando el partido. Argentina tuvo más paciencia, que no se atrevía a irse arriba a presionar con tanto ímpetu. Además, el balón le duraba más a Chile cuando recuperaba, llegando a dominar el esférico durante buena parte del comienzo del encuentro. Y el partido se rompió en el meridiano de la primera mitad. Una doble amarilla de Díaz por sendas faltas sobre Messi, lo mandó a la caseta. En esas, además, llegó la clarísima ocasión del “PipitaHiguaín, que mandó fuera un mano a mano frente a Bravo, tras un fallo de Gary Medel. El exsevillista, por cierto, demostró como central que puede cumplir perfectamente, como ha venido haciendo todo el torneo. Con uno menos, el trabajo de Vidal hizo que no se notara el bajón en Chile. De locos el partido del jugador del Bayern. Multiplicado por el campo, fue capaz de sacar del partido a Biglia o Banega, sacar el balón jugado y aprovechar el hueco que se creaba frente a la defensa y que siempre tenía que salir a tapar Mascherano.

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El árbitro, protagonista de la noche por sus decisiones y sus actos, decidió volver a romper el partido. Roja directa a Marcos Rojo, que tendría que haber sido amarilla, y que hizo además que Javier Mascherano tuviera que retrasar su posición a la defensa. Se desmoronaba el juego de ambos equipos con tanto parón, y al final se llegó al descanso sin demasiadas oportunidades en ninguna de las dos porterías.

Tras la salida de vestuarios, los ánimos parecían algo más calmados. Argentina salió a esperar en su campo para evitar la presión de Chile e intentar golpear a la contra, y fueron unos buenos minutos de los de Martino. Tuvieron alguna ocasión aislada, pero al menos evitaban un arma tan poderosa como la presión en campo contrario de los chilenos. La Roja, por su parte, estaba cómoda con el empate y no parecía demasiado obsesionada con el gol. Atacaba buscando a Alexis, que intercambiaba la posición con Vargas a menudo con la idea de descolocar a una defensa argentina muy segura. El hecho, sin embargo, de que Mascherano tuviera que jugar atrás, dejaba libre a un Arturo Vidal que acabó siendo el MVP de la noche. Ni siquiera la entrada de Kranevitter por Di María fue capaz de cambiar algo, y dominó con contundencia el mediocampo. Eso hacía desaparecer a Leo Messi, que no está hecho para esperar sin tocar el balón en el campo propio, que no encontraba aliados por ningún lado. Hasta llegar a la final, el crack del Barcelona participaba con goles o asistencias en un gol cada 29 minutos. Lo discreto de su actuación en la final habla de las maravillas de los de Pizzi, y de lo poco que ayudaron sus compañeros. Tras dos ocasiones claras, una de Agüero a pase de Messi, y una de Vargas a pase de Alexis, volvió el ritmo pausado de inicio. Y así, hasta la prórroga.

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Ni los revulsivos, Puch en Chile y Lamela en Argentina, pudieron dar la vuelta a un partido que se descolgaba sin arreglo hacia los penaltis. A punto estuvieron de evitarlo, de nuevo, Agüero y Vargas, pero Bravo volvió a demostrar el grandísimo portero que es, avisando de que sería el héroe de la noche. A estas alturas de la final ya las piernas pesaban demasiado, y la segunda parte de la prórroga sólo dejó algunos destellos individuales de Messi, que ya lejos de la banda y de su propio campo, pudo demostrar la clase de jugador que es.

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En los penaltis, sin embargo, la historia fue otra. Es una lotería, y como en cualquier juego de azar, sólo lo disfruta el que gana. La historia quiso que fuera Leo Messi, el gran jugador de la década, el rosarino de oro, el que mandara el primer penalti de Argentina fuera. Vidal, el otro gran jugador de la noche, había fallado el primero de su tanda también. Pero Bravo, esta vez ante Lucas Biglia, volvió a hacerse grande y detuvo el balón lanzado desde los once metros. Una nueva Copa América para Chile, una selección que se ha hecho grande a pasos agigantados. Un camino que empezó Bielsa, entendió a la perfección Sampaoli, y ha continuado Pizzi. Un título que se queda en Chile, y que siempre será recordado como el del penalti de Messi. Algo injusto para un grande que, quizás, no vuelva a vestir la camiseta de su selección nacional.

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