Se acabó el sueño de España (2-0)

En París se acabó el sueño de España. Y no sólo el sueño de esta Eurocopa de Francia, sino aquel que empezó en Innsbruck y enamoró al mundo, llevando a la selección española a ser la mejor selección de la historia. Una Italia muy superior nos dejó en la cuneta, con dos goles que bien podrían haber sido alguno más.

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En Saint-Denis el seleccionado español volvió a formar con el mismo once que ha presentado en todos los partidos de la Euro, con la esperanza de acabar con las malas sensaciones que quedaron tras el partido de Croacia, y con la convicción de que el título era posible. Italia formaba con los titulares puesto por puesto, sin sorpresas, con una defensa de cinco con dos carrileros larguísimos, un tridente en el mediocampo y con Pellé y Éder en la punta de ataque. Desde el principio, se vió muy claro que el partido se iba decantando del lado italiano. Incluso Del Bosque daba instrucciones en la banda, muy enfadado, descontento con lo que veía sobre el verde. España no encontraba el juego por ningún lado. En fase defensiva, Italia dominó en todo momento a su rival. Soltaba en primera instancia a los centrales para dejarles recibir del portero, cerrando el centro para evitar que Iniesta y Cesc encontraran el balón. Marcaje férreo por delante de los interiores, para que no empiece la jugada al pie. Así, la lógica imponía soltar el balón a la banda para que el lateral suba el balón. Ahí, uno de los delanteros y un mediocentro agobiaban al lateral, generalmente Juanfran, y el otro delantero quedaba cerca del central sobrante para obligar al lateral a decidir entre devolver a De Gea, o ceder a Busquets. Si era Sergi el encargado de organizar, vuelta a la posición inicial de los italianos dando espacios al mediocentro, sabedores de que no lleva peligro si no se asocia con los “jugones”. Si el balón vuelve a De Gea, presión para obligar al patadón, donde el balón siempre acababa en los pies de algún italiano. Morata tenía casi imposible ganar el balón a cualquiera de los tres armarios italianos, pero si prolongaba sólo encontraba camisetas azules a su alrededor. De nuevo, los tres centrales se le atragantaban a España, pero no por la acumulación de jugadores, sino por la incapacidad española de mover a esos jugadores de un lado al otro para sacarlos de su lugar.

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En la fase ofensiva, Italia demostró que es una selección trabajada, y capaz de jugar muy bien al fútbol. En el inicio de la jugada, De Rossi siempre estaba sólo para iniciar. Ninguno de los interiores españoles llegaba a la presión para evitar la salida limpia de balón. Cuando ya había que salir a tapar su subida, con metros por delante y de cara, otro interior quedaba descolgado. La conexión De Rossi-Parolo nos hacía mucho daño. Busquets se multiplicaba para llegar a todo, y a todo llegaba tarde. Ese hueco en el centro desarmaba a una España que al final siempre defendía el uno contra uno. Al final, los interiores italianos podían avanzar con el balón, buscar la subida en banda de un lateral o buscar ellos mismos a los delanteros. Ahí siempre aparecía Pellé, uno de los mejores de su equipo. Si el balón acababa en la banda, él buscaba el remate en el área con mucho acierto. Si el balón circulaba rápido por el centro, movía hacia atrás para recibir de espaldas, sacando a un central de sitio, para que Éder pudiera jugarse el uno contra uno en superioridad. Superioridad por dentro, movimiento sin balón, segunda jugada controlada y alternativas por banda. En todo era mejor la Azzurra, que pegó un buen meneo a La Roja en la primera parte. De no ser por De Gea, el resultado hubiera sido muy abultado. El gol llegó cuando más lo merecía Italia, de una falta sacada, como no, por Pellé al borde del área tras anticiparse a Ramos. Tiro a puerta, rechace en el área pequeña y sólo Piqué responde a la llamada del portero. Hasta cinco jugadores italianos al rechace y sólo un español. Gol de Chiellini para hacer justicia.

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En la segunda parte, España mejoró algo. No dominó el partido, no fue España, pero al menos abrió el partido y encontró oportunidades. De Gea seguía salvando al equipo, Pellé y Éder seguían a lo suyo y Buffon veía el partido como un espectador más. La salida de De Rossi por Motta, y la entrada de Adúriz por Nolito cambiaron el partido. España se saltó ese cortocircuito que tenía en el mediocampo con balones directos a los dos de arriba, que ahora ya eran capaces de ganar alguna posesión. Además, el delantero vasco era una torre más a la que marcar, y provocó varios desajustes que a punto estuvieron de aprovechar Piqué y Ramos. Adúriz, por cierto, se lesionó antes del final y tuvo que ser sustituído por Pedro. El cambio de De Rossi hacía que Italia no sacara tan fácil el balón, y los españoles no tenían que correr tanto detrás del balón. Con la mitad de la segunda parte jugada, Italia dio un paso atrás y se metió en su campo, lo que dejó a España mucho más cómoda con la posesión. Esa posesión, sin embargo, no se tradujo en ocasiones de gol. La entrada de Lucas Vázquez, el otro cambio en España, fue un síntoma de lo que pasaba en el campo. La realidad es que tampoco consiguió demasiado, no fabricó ninguna oportunidad más allá de algunos centros y un disparo al palo en fuera de juego. Pero algo cambió. Estaba fresco, se atrevía y los italianos no sabían cómo frenarle. Ayudaba a su lateral en defensa, y encaraba una y otra vez aunque perdiera el balón. Demostró que a esta España le faltaba fuelle y atrevimiento. Ya al final, con España volcada en ataque, Pellé recibió su justo premio con un gol que sellaba el pase, la superioridad italiana y el fin de un ciclo que tenía que llegar, antes o después.

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No hay que darle demasiadas vueltas a lo que ha pasado con España. Los ciclos duran poco. De hecho, el español ha sido el que más ha durado en toda la historia. Es un momento de renovación, de una nueva ilusión, y de agradecer a esta generación no sólo todo los triunfos que ha cosechado, sino haber conseguido que las generaciones por venir se convenzan de que besar la gloria es posible. Una época que volverá a venir, quién sabe si de la mano de los Thiago, Isco o Saúl. Es el fin de un sueño, pero otro está aún por venir. Al fin y al cabo, una España campeona del mundo una vez también fue un sueño. Y ahora, una realidad. Gracias a todos los que lo hicieron posible.

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